
Hola, soy Eduardo Alfonso Correa y nací en el Istmo de Panamá, una metrópoli vibrante donde los rascacielos de cristal relucen bajo el sol tropical. Esta ciudad, corazón del comercio y las finanzas de la región, late con una energía única. Las avenidas modernas se entrelazan con un sistema de transporte de vanguardia, como nuestro impresionante metro, que facilita el movimiento de millones de personas todos los días.
Vivir aquí es ser parte de una fusión constante de culturas y sabores. La gastronomía panameña es un verdadero crisol: puedes disfrutar desde sofisticados restaurantes de alta cocina hasta puestos callejeros que ofrecen delicias locales llenas de sabor y tradición. Y cuando cae la noche, la ciudad se transforma: bares en azoteas con vistas espectaculares y clubes donde la música no para hasta el amanecer.
Pero más allá del dinamismo urbano, en Panamá conservamos con orgullo nuestras raíces. Barrios como el Casco Viejo —declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO— son joyas que combinan historia, cultura y belleza. Sus calles adoquinadas, balcones floridos y arquitectura colonial restaurada te transportan a otra época.
Lo que más valoro de mi tierra es la calidez de su gente. Aquí las sonrisas son genuinas, la hospitalidad es parte de nuestra identidad, y en cada rincón uno se siente bienvenido, como en casa.




Me gradué de Bachiller en Comercio con especialización en Contabilidad y, motivado por ese camino, estudié tres años de Contabilidad en la Universidad de Panamá. Sin embargo, con el tiempo comprendí que no me sentía realizado con la idea de trabajar ocho horas diarias sentado frente a un escritorio. Necesitaba algo más dinámico, algo que me permitiera estar en movimiento y conectarme con las personas.
En ese momento trabajaba en una tienda de muebles y decoración, y tomé la iniciativa de solicitar un traslado al Departamento de Ventas. Quería estar más activo, aprender del contacto directo con los clientes y fortalecer mis habilidades de comunicación y persuasión. Ese cambio marcó un antes y un después en mi vida profesional: descubrí una verdadera pasión por el trato con las personas y el mundo de las ventas.
Trabajé durante 11 años en la misma empresa, una tienda de muebles y decoración, donde fui creciendo paso a paso. Empecé como asistente de contabilidad, luego pasé al área de ventas, y finalmente, durante los últimos 6 años, me desempeñé como Gerente de Tiendas. Fue, sin duda, mi verdadera escuela profesional y de vida. Aprendí muchísimo más que en la universidad… porque ahí afuera estaba la vida real.
Sin embargo, llegó un momento en el que comencé a sentirme estancado. Había dado todo de mí, pero no había más espacio para crecer: por encima de mí solo estaban el dueño y su hijo. Sabía que ahí terminaba mi techo profesional dentro de esa empresa.
Después de 11 años ofreciendo lo mejor de mí, tomé la decisión de renunciar. Fue una decisión dura, y muchos —familiares, amigos— me llamaron loco:
«¿Cómo vas a desperdiciar 11 años de tu vida? ¿Y tus beneficios?»
Pero en el fondo yo sabía que estaba haciendo lo correcto. Quedarme habría significado resignarme, apagar mi impulso y limitar mi futuro. Y eso simplemente no era una opción para mí.
Poco después, me ofrecieron un puesto como gerente de tienda en otra empresa. Era una propuesta atractiva: buen salario, comisiones por ventas… decidí aceptarla y estuve un año. Lo curioso es que la historia se repitió tres veces más. Cada nuevo puesto venía con mejores condiciones, y con la misma esperanza: “Vamos a ver qué tal esta vez…”.
Durante esos seis años pasé por diferentes tiendas, aprendiendo de cada experiencia, descubriendo nuevas perspectivas. Fue un camino lleno de retos, pero también de crecimiento. Y lo más importante: todo me llevó a comprender que tenía un potencial aún más grande por explorar.

Mi última experiencia como gerente fue en una tienda muy prestigiosa de ropa de marcas reconocidas, allá por el año 2000. El lugar era imponente, casi como una pecera gigante de vidrio, llena de lujo, moda y apariencias. Estaba ubicada en Marbella, en plena Ciudad de Panamá, una zona exclusiva. A simple vista, todo parecía perfecto: traje y corbata, clientes exigentes, vitrinas brillantes… pero por dentro me sentía atrapado.
Tenía la responsabilidad de abrir la tienda a las 9:00 a.m. y cerrarla a las 6:00 p.m., aunque durante las fiestas de fin de año no me iba hasta que el último cliente se marchara entrada la noche, luego de revisar las cajas y cerrar todo. En las horas pico, al final del día, solía mirar a través del enorme ventanal cómo la gente y los autos pasaban por la calle. Y me invadía un pensamiento claro y persistente:
“Allá afuera hay mucho más que hacer que esto. No puede ser que una persona digna se limite a vivir el resto de su vida encerrada así. Al menos, ¡yo no!”
Estaba en un entorno de prestigio, sí… pero era una jaula de oro. No tenía libertad, y sentía que la vida me pasaba por delante del cristal.
En octubre de ese año hablé con el dueño de la tienda. Le compartí mi sentir: mis ganas de ser independiente, de emprender, de construir algo propio. Le pedí trabajar hasta diciembre por respeto a la temporada alta, y él aceptó. Pero en noviembre, se me acercó con una mano en el hombro y me dijo algo que jamás olvidaré:
“Eduardo, tus ganas de empezar tu sueño son obvias. Siéntete con la libertad desde ya de ir por él. Yo me las arreglo con mi esposa por el resto del año.”
Lo entendió perfectamente… porque él también había empezado así, con un sueño.
Con un profundo agradecimiento, renuncié en noviembre. Y en diciembre, me encontré solo, en mi apartamento, mirándome al espejo y diciéndome:
“Ok Eduardo… esto es lo que querías, ¿cierto? Ya lo tienes: no hay salario, no hay horario, no hay jefe… ahora a ver de qué estás hecho.”

Ahí comenzó el mayor reto de mi vida: hacer realidad mi sueño dentro de mi nueva realidad. Vivía en un apartamento en el corazón de la ciudad, justo como siempre lo había querido… pero ahora sin un empleo de 8 horas, sin jefe, y sin el “sueldo seguro” al final del mes.
Y aunque el miedo era real, también lo era la libertad. Estas son las circunstancias que te obligan a sacar coraje, a encender esa chispa interior. Era el momento de tomar ACCIÓN.
Con lo aprendido durante mis años trabajando en tiendas de muebles y decoración, mandé a hacer mis propias tarjetas de presentación y empecé a ofrecer servicios de diseño y decoración. Era lo que conocía, lo que me apasionaba y donde ya tenía experiencia. Al principio fue lento, pero poco a poco fui ganando clientes, recomendaciones… confianza.
Para fortalecer mis conocimientos y ofrecer un servicio más profesional, decidí estudiar Diseño de Interiores en la Facultad de Arquitectura. Quería tener una base más sólida, comprender la técnica detrás de la estética, y unir la experiencia con la formación académica.
Cada pequeño logro en ese camino fue una confirmación: había tomado la decisión correcta. Estaba construyendo algo propio, desde cero, con mis propias manos, visión y pasión.


A comienzos del año 2001 le puse nombre a mi sueño: LIVING STUDIO, una empresa panameña dedicada a ofrecer servicios de diseño de interiores y remodelación de casas, apartamentos y oficinas. Fue un momento simbólico y profundamente emocionante. Había pasado de soñar a construir… de planear a ejecutar.
¡MISIÓN CUMPLIDA!
Hoy, más de 20 años después, sigo haciendo lo que amo: mejorar los hogares y oficinas de las personas que han confiado en mí, transformándolos en espacios más atractivos, funcionales y confortables. Cada proyecto es una nueva oportunidad de crear bienestar, belleza y armonía en la vida de alguien.
Y eso, para mí, no tiene precio.
Este camino no ha sido fácil, pero ha sido profundamente gratificante. Empezó con una decisión valiente, y con el tiempo se convirtió en una historia de propósito, trabajo constante y pasión por el diseño.
«Espero que disfruten de mis páginas así como yo disfruté creándolas con pasión pensando en ustedes, esperando que sean de mucha utilidad. »
BIENVENIDOS A MI MUNDO !!!

EDUARDO ALFONSO
